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personal

Mucha magia, incluso demasiada

Este mes lo he pasado bastante liado en el trabajo por culpa del proyecto que estamos desarrollando ahora mismo, en una especie de crunch mode tecnológico. No por el típico problema de mala planificación, sino por el también típico problema de tener que aplicar tecnologías con las que no se tiene ninguna experiencia previa en un proyecto real. Y es que si un cliente te impone que utilices su framework de desarrollo, sólo queda una cosa por hacer: empezar a leer documentación como un poseso para tratar de parecer medianamente inteligente en un tiempo razonablemente corto de tiempo.

Dicen que los “informáticos” (nunca me ha gustado esta palabra, no sé muy bien porqué) somos bastantes reacios al cambio. La expresión aquella de “si funciona… ¡no lo toques!” está muy arraigada. Pero una cosa es ser pragmático, tener claro de donde sale el dinero que paga el alquiler, y otra cosa manifestar una clara debilidad de espíritu, vivir acomodados en la “rutina” de un proyecto y unas prácticas que no han cambiado durante años.

Quizás sea un tanto obsesivo, a la par que un pésimo jugador de equipo, pero estos últimos días ando con la mosca detrás de la oreja. Más de lo habitual. Quizás influido por el hecho de que muchos países parecen estar viviendo en estas fechas momentos históricos, envueltos en revoluciones, cambiando su forma de hacer las cosas, conformando un nuevo mundo. Tal vez su nueva “rutina”, de acuerdo, pero por un motivo u otro lo están haciendo.

Yo no le pido a nadie que se juegue la vida por una causa, sólo que revise un par de líneas de código. “No sé, eso estaba ya así hecho”, “Es un copy paste de otra ventana”, o mi favorita: “¡Pero si el código no lo va a mirar nadie!”, son respuestas clásicas. ¡Ya está otra vez el pesado de Juan revisando el código! Debe ser cosa de la edad, pero cuando un programador te dice que el código fuente no importa, lo que a mi me parece que transmite es la idea de que su trabajo no importa. Y por ende el mío, que es el mismo que el suyo. Y por ese aro si que no paso. Así de claro.

Cuando uno prevé pasar una parte importante de su vida manteniendo y evolucionando un código que está escribiendo, lo que no debería hacer es tratarlo como el polvo que se esconde debajo de la alfombra. Algunos proyectos pueden requerir codificar casi de cualquier forma a la máxima velocidad posible, y los errores en producción hay que arreglarlos de la mejor forma posible en el menor tiempo posible. Eso lo tenemos claro todos. Pero este no es el caso.

Las tecnologías implicadas en los desarrollos actuales son tantas y tan diversas que resulta imposible conocer el detalle de todas ellas. A lo más que podemos aspirar es a tener una visión global de conjunto, a tratar de comprender como está realizado el reparto de responsabilidades. Sobre todo cuando nunca has trabajado anteriormente con ellas. No podemos conocer todas las partes, pero si deberíamos tratar de conocer al menos la parte que nos toca.

He visto programadores bramar por culpa de un error en una librería de terceros, pero restar importancia a un error en su código. Y no es que fueran malas personas muy pagadas de si mismo, sólo que a veces tengo la impresión de que algunos piensan que los programas de propósito general como sistemas operativos, base de datos o compiladores los desarrollan otro tipo de personas, no programadores como ellos, ¿tal vez magos? (En mi inocencia, siempre había tenido la falsa impresión de que la generalización de los grandes proyectos de código abierto cambiarían esa actitud)

¿Han trabajado alguna vez con un producto que haga magia? Yo lo hago continuamente. Es más, buena parte de mi vida la paso interaccionando continuamente con aparatos mágicos. Pulso un interruptor y se enciende una luz. Abro un grifo y sale agua. No tengo muy claro por qué, pero sucede. Puede que ni lo sepa ni me importe. Puede que sienta curiosidad, pero por lo general sospecho que no dedicaré demasiado tiempo en pensar en ello, ni en averiguar los detalles precisos. No desmontaré el mecanismo. No analizaré los materiales. No estudiaré la física o química del suceso. Me conformo con vivir en la ignorancia de los detalles de las cosas cotidianas a las que estoy acostumbrado.

En Informática hay que tener también esa actitud. Pero no siempre. Tampoco se trata de obcecarse con la tecnología, que normalmente debe ser el medio, no el fin en si mismo. Pero tampoco se puede confiar continuamente en la magia, ni en los magos.

Recuerdo que tenía un compañero de trabajo que siempre me preguntaba como hacer tal o cual cosa, normalmente algo que se salía de los parámetros habituales y no formaba parte de las tres o cuatro cosas que solíamos hacer de forma rutinaria con la herramienta de desarrollo que utilizábamos en aquella época. A veces sabía la respuesta, otras veces no, pero normalmente me llevaba poco tiempo encontrar la solución. Yo parecía conocer siempre la “magia” que solucionaba el problema. Por supuesto la realidad era mucho más simple. Mi respuesta era indefectiblemente siempre la misma: “Utiliza el método tal de la clase cual, … viene explicado en la documentación del SDK”. Después de un tiempo (largo) entendió que yo no hacía magia, sólo me limitaba a leer la documentación.

Cacharreando

Yo soy más de software que de hardware, pero de vez en cuando me toca bregar un poco con la parte física del asunto. Sobre todo cuando a mi PC se le estropea algún componente, o me toca actualizarlo porque ya no es capaz de darme lo que le pido. Lo último que se le estropeó fue la tarjeta gráfica, y yo que creía que las gráficas no se estropeaban nunca. Por fortuna tenía una tarjeta antigua guardada por ahí, y me he pasado prácticamente el último mes y medio con poco más que una SuperVGA pinchada en el ordenador para ir saliendo del paso.

Aprovechando la situación he cambiado el PC entero por uno nuevo, que de todas formas ya tocaba. Unos cinco años creo que tenía el antiguo. Y no, no me he comprado un portátil, me he vuelto a decidir por uno de sobremesa, como Dios manda. Y no sólo eso, sino que he comprado los componentes sueltos y me lo he montado por mi cuenta. Mi objetivo era construirme un PC que me diese un buen rendimiento, y ahora que lo tengo montado y funcionando, la verdad es que creo que he conseguido ese objetivo con creces.

Componentes PC

Fiel al “Intel inside” he optado por un procesador Intel Core i7-930. Con sus 4 núcleos, su velocidad de 2.80 GHz y sus 8 MB de cache. Prestaciones más que suficientes para mis propósitos. Fue lo primero que escogí, ya que el micro normalmente impone algunas restricciones a la hora de elegir el resto de componentes, como la placa base o la memoria. Por cierto, el micro lleva puesto el ventilador de Intel que viene de fábrica dentro de su propia caja.

Para poder pinchar la CPU necesitaba una placa con un zócalo LGA1366, y la elegida fue una ASUS P6T Deluxe V2, con un soporte bastante bueno para las características concretas del micro. De la esta placa, a parte de sus buenas prestaciones técnicas, me ha gustado algún detalle curioso, como los pulsadores de alimentación y reset que lleva. Y me ha sorprendido una BIOS que incorpora y se puede activar a voluntad, y que prácticamente es un sistema operativo completo. Además ofrece mucha facilidad para overclocking, algo que en realidad no me interesa demasiado en este momento, algún día quizás.

Aprovechando el Three Channel he puesto un kit de memoria Corsair 6GB (3 x 2GB) DDR3 1600MHz. Es todo un lujo ver como detecta toda esa cantidad de memoria el ordenador al arrancar. Sobre todo si lo comparo con los 512 MB que tenía originalmente mi equipo antiguo, aunque después lo ampliase a 2 GB, y acabase teniendo sólo 1 GB después de que usase uno de mis módulos para otro ordenador que me trajeron un día para arreglar (sí, yo también hago de “pringaó” de vez en cuando).

La tarjeta gráfica que he puesto es también de ASUS, como la placa base, y más concretamente una ENGTX460 DirectCU/2DI/1GD5, lo que no sé si me convierte de forma directa en una graphics whore. De hecho, mi primera elección era una ATI mucho más modesta, pero al final me decidí por este modelo de NVIDIA mucho más evolucionado. Espero que me aguante otros cinco años, como la última.

Pero si hay algún componente que ha resultado ser clave, es sin lugar a dudas el disco duro. Quería rendimiento, así que opté por un disco de estado sólido, un Intel X25-M 80GB. Es una tecnología aún bastante cara hoy en día, en cuanto a la relación GB por euro, pero espero que su uso se estandarice y su precio baje, porque es una auténtica maravilla. Como es todo electrónica y carece de parte móviles es silenciosa, y realmente muy rápida.

Para alimentar todo el sistema he puesto una Corsair HX650W, que debería ser más que suficiente para los componentes que he instalado. Esta fuente de alimentación es modular, lo que quiere decir que los cables van sueltos, y se le enchufan sólo los que realmente hacen faltan. Es un sistema bastante práctico, aunque al final no he podido evitar tener un montón de cables por todas partes. A ver cuando alguien se decide a sacar una caja con los cables integrados por dentro.

Por último, para la caja, he optado por una Antec Three Hundred. Está catalogada como caja para “gaming”, pero a mí simplemente me pareció bastante espaciosa y con un aspecto exterior bastante discreto con respecto al resto de la gama. Es bastante cómoda de trabajar y tiene un par de ventiladores, regulables en velocidad además. En conjunto, el PC montado, es bastante silencioso.

Como sistema operativo he montado Windows 7 64 bits, jubilando así a mi querido XP.

El Pecado de los Dioses

En el amanecer de los tiempos, los dioses controlaban todos y cada uno de los aspectos de la vida de los hombres.

Un buen día, la diosa de la pereza, cansada de tener que decidir sobre el destino de tantas vidas, cedió todo su poder a los hombres. Así, pensó, tendría más tiempo para ella. Aunque en realidad, nadie, jamás, le conoció ninguna otra ocupación.

Poco tiempo después, la diosa de la envidia, viendo la buena vida que se daba la pereza, pensó que ella también tenía derecho a llevar ese tipo de vida. Cedió su poder a los hombres, y fue a sentarse junto a la pereza. La observaría de cerca, ya que estaba claro que tenía buenas ideas, prosperaba, había conseguido distinguirse del resto de los dioses. Haría lo mismo que ella hiciese, aunque en apariencia no parecía hacer nunca nada.

La diosa de la soberbia pasaba cada día por delante de las otras dos diosas. Y aunque siempre las saludaba, nunca obtenía respuesta. La pereza opinaba que no merecía la pena devolver el saludo, ya que al fin y al cabo volvería a verla al día siguiente. Y la envidia estaba tan pendiente de lo que hacía la pereza, que ni siquiera se daba cuenta de que la saludaban. Al final, la soberbia pensó que lo que en realidad ocurría es que la miraban por encima del hombro, porque ella se pasaba el día trabajando y las otras no. Por eso no le devolvían el saludo. Incapaz de soportar tal muestra de menosprecio, decidió demostrarles que ella también podía dejar su trabajo cuando quisiera. Cedió su poder a los hombres, y fue a sentarse junto a ellas. No movería un sólo dedo hasta que no lo hicieran las otras. ¡Faltaría más!

Con el transcurrir de los días, la diosa de la avaricia empezó a mirar con recelo al trío de diosas aparentemente ociosas. Al principio no le había dado mayor importancia. Incluso se alegró. Si esas tres no querían nada, mejor, más habría para ella, fuera lo que fuese. Pero al poco tiempo se dio cuenta de lo que realmente estaba pasando. Esas tres arpías estaban en realidad dedicándose a acaparar enormes cantidades de tiempo libre. No había otra explicación posible. Se harían con el monopolio del tiempo libre disponible. Delante de sus propias narices. Intolerable. Tenía que actuar rápidamente. Y se puso a pensar. Si ella también cedía su poder a los hombres, entonces dispondría de mucho tiempo libre y podría acumular una cantidad igual o mayor de tiempo que las otras tres. La idea de desprenderse de algo suyo, su poder, la mortificaba, pero se convenció a si misma del enorme potencial que representaría disponer de ingentes cantidades de tiempo libre y fue rápidamente a sentarse junto a las otras diosas. Le llevaban algunos días de ventaja, así que tendría que permanecer allí ociosa mucho más tiempo que ellas para ponerse a su altura, e incluso superarlas.

Enterada de todos estos acontecimientos, la diosa de la ira fue a pedir explicaciones. ¿Quienes se habían creído que eran esas para adoptar aquella actitud? Airada como estaba, se fue calentando y subiendo el tono de su voz a medida que pedía cuentas a la diosa de la pereza. Pero esta última no le dio la mayor importancia. Sabía que la ira andaba siempre todo el día malhumorada. Aquella sería una de sus habituales rabietas. Ya se le pasaría. No se molestó en abrir la boca para rebatir ninguno de sus argumentos. Aquella actitud de la pereza consiguió que la ira se tornara cólera, y se encarase a voz en grito con la diosa de la envidia en busca de alguna respuesta. Aunque esta última no pareció ni siquiera darse cuenta de su presencia, totalmente pendiente como estaba de la pereza. La ira, claramente contrariada, cada vez más enfadada, se giró hacia la soberbia. Insultó, maldijo, bramó, e incluso blasfemó, en su mismísima cara. Pero la soberbia pensó que si las otras dos diosas no se habían molestado siquiera en responder, ella tampoco iba a rebajarse al nivel de aquella loca que parecía estar a punto de echar espuma por la boca. Y no dijo ni una sola palabra. Con el rostro totalmente enrojecido, los ojos fuera de sus órbitas, y el vapor a punto de salírsele por las orejas, la ira descargó contra la diosa de la avaricia toda la colección completa de las palabras más envenenadas que jamás hayan sido pronunciadas. Pero tampoco obtuvo respuesta. La avaricia pensaba que si se ponía a discutir con la ira perdería algo de tiempo, e iba ya muy retrasada con respecto a las otras diosas. Así que tampoco abrió la boca. La ira estaba totalmente fuera de sí, nadie antes jamás había sido capaz de permanecer impasible ante uno de sus ataques. En su paroxismo, imaginó que lo que debía estar ocurriendo es que aquellas otras diosas estaban tan enfadadas con ella que ni siquiera le dirigían la palabra. ¡Pues menuda era ella cuando se enfadaba! Esas otras diosas no iban a ganarle en lo que mejor sabía hacer. De eso podían estar bien seguras. Su enfado sería mucho mayor y más prolongado que el del resto. No se le pasaría hasta que se le pasara al resto. Ella tampoco estaba dispuesta a dirigirles la palabra a ninguna de ellas. Y se sentó junto a las otras diosas, cediendo así su poder a los hombres.

Una mañana temprano, la diosa de la lujuria, que regresaba de una de sus habituales salidas nocturnas, pasó por el lugar donde se encontraban sentadas las diosas. Tal fue el impacto que le produjo la escena que contemplaban sus ojos que casi se queda sin respiración. No podía apartar la mirada de ninguna de ellas. Se sentía incapaz de centrarse en una sola. Su vista saltaba de una a otra continuamente. Todas tenían cuerpos de diosas, como ella misma al fin al cabo, y si bien aquello ya de por sí representaba todo un espectáculo digno de ser contemplado, lo que realmente la tenía embelesada era que todas ellas lucían en su mayor esplendor, como nunca antes las había visto. Jamás la diosa de la pereza mostró un rostro tan relajado, una mirada tan perdida en un infinito carente de todo propósito, ni un cuerpo tan laxo, sin rastro del más mínimo consumo de energía. Al mirarla, la lujuria veía en ella personificada la actitud del ser totalmente pasivo sobre el que poder dar rienda suelta a todos los actos que la imaginación pudiera idear. Y la imaginación de la lujuria era grande. Y que decir de la diosa de la envidia, totalmente consumida, más hueso que carne, más pendiente de la pereza que de si misma, con sus grandes pupilas dilatadas, y sus manos, prácticamente nudillos ya, de tan apretados que tenía los puños. Presa de un sentimiento incontrolable que la dominaba, un ser consumido por un deseo que debía satisfacer continuamente a costa de todo. La lujuria conocía bien esa sensación, ansiaba encontrar con quien compartirla. Y a su lado, la diosa de la soberbia. Jamás una cabeza se mostró tan erguida, un mentón tan prominente, una mirada irradió tanta superioridad, un cuerpo se antojó tan inaccesible. La representación misma del deseo inalcanzable. La lujuria sabía que más placentera resultaba la recompensa cuanto más difícil resultaba de alcanzar. Y no menos sugerente le resultaba en esos momentos la diosa de la avaricia. Con sus manos calientes, por su continuo frotar compulsivo, las fosas nasales ensanchadas, por la respiración acelerada, y los ojos muy abiertos, intentando abarcar más de lo que ellos cabía. La lujuria la observaba de la misma forma que se observaba a si misma cuando el deseo le sobrevenía y nada parecía ser capaz de saciarlo. Y por último, la diosa de la ira. Un simple mortal sólo habría advertido en ella un rostro desencajado por una mueca forzada y una tez que se tornaba violácea por la falta de aire, pero la lujuria percibió el deseo de lo extremo, la necesidad imperiosa de llevar las circunstancias a su límite, sin una razón aparente, sólo para experimentar ese estado una y otra vez. Extasiada, la lujuria no podía dejar de recrearse en la perfección que la rodeaba y dejarse llevar por las sensaciones que recorrían todo su ser. Concluyó que renunciar a su poder había hecho que aquellas diosas se mostrarán tal y como eran de verdad, en su estado más puro. Y en consecuencia, cedió también su poder a los hombres y se sentó con ellas, sabedora que así, gracias a la contemplación permanente de aquellas otras diosas, gozaría en su máximo esplendor.

La diosa de la gula fue la última en llegar. Siempre parecía andar muy atareada de un lado a otro organizando festines. No había ocasión que a su juicio no mereciese celebración. Siempre encontraba un buen motivo para ir a echar un trago o sentarse a hacer una comida copiosa. Nadie recordaba haberla visto nunca excusarse antes de los postres. Cuando se topó con aquel grupo de diosas reunidas sin motivo aparente, ya que ni siquiera parecían hablarse las unas con las otras, no tuvo dudas. Era el momento ideal para celebrar un banquete aprovechando que estaban todas allí reunidas. Preparó sus mejores manjares. Platos exquisitos, imaginativos, con los mejores ingredientes, con la más cuidada elaboración, con las presentaciones más originales, un auténtico e irresistible placer para los sentidos. Su decepción fue enorme. Ninguna de las invitadas mostró el más mínimo interés por nada de lo que les servía. La pereza, que siempre tomaba el plato del día para evitar tener que leerse el menú, era incapaz de elegir entre tanto plato suculento puesto delante de sus ojos. La envidia solía pedir lo mismo que los demás, pero tan pendiente estaba de la pereza, que como esta no tomó nada, ella tampoco lo hizo. La soberbia sólo tomaba platos exclusivos en los más selectos reservados, y le costaba un mundo compartir mantel. De hecho, nadie recordaba haberla visto comer sentada a la mesa con otros. La avaricia tenía un carácter similar a la gula, se llevaban bien, no se hartaban nunca la una de la otra, pero desde que se había sentado a acumular tiempo libre le habían salido dos competidoras más, estaba claro que aquello era un buen negocio, y no pensaba perder el tiempo comiendo. La ira comería cuando a ella le viniera en gana, de eso podían estar todos bien seguro. Cuando se le hinchaba de esa forma la vena del cuello era mejor no acercarse a ella. La gula supo que la lujuria era su última esperanza para animar la reunión. Tampoco había probado bocado, pero era una amante confesa de los excesos, como ella misma, sería fácil tentarla. No obstante, de forma incomprensible, un deseo atroz azotó todo su ser sólo con mirarla, lucía absolutamente espléndida. Para apagar su recién encendido apetito devoró toda vianda que se encontraba al alcance de su mano. Puede que sus comensales no supieran apreciarlas, pero ella las encontraba irresistibles. De pronto le asaltó la duda. Sus platos no gustaban. Probó todos y cada uno de los manjares que había servido para comprobar que estaban en su justo punto. Y cuando terminó con ellos fue a por más. Auténticas maravillas culinarias desfilaron aquel día por unas mesas que se antojaban interminables. Tentó los estómagos de aquellas diosas de todas las formas posibles. Especias inverosímiles, combinaciones nunca jamás imaginadas de colores, olores, texturas y sabores. Todo fue inútil. Sintió miedo. Lo calmó ingiriendo más comida. Devoró sola todas aquellas fantasías culinarias. Y volvió a preparar más, buscando la receta que la reconciliara. Sin descanso. Finalmente el pánico se apoderó de ella. Su abotargado ser, saciado hasta el extremo, simplemente enloqueció. En su delirio imaginó que el resto de diosas ya habrían comido antes de que ella llegara, y no tenían más apetito. Sí, eso debía ser. ¿Pero qué alimento? ¿Qué maná podía haberles hartado de esa forma que ni hablar podían ya? ¿Que suculencia habrían probado que les hacía rechazar cualquier otra exquisitez que se les ofreciese después? Tenía que averiguarlo a toda costa. Tenía que probarlo. Un bocado más. Esperaría a que las diosas volvieran a comer. Y se quedó allí sentada, a la espera, sin poder alguno ya.

Y así, los hombres se convirtieron en dioses.

Algo Personal

– ¿Color?
– El blanco.
– ¿Mi comida?
– La que hace tu madre.
– ¿Mi música favorita?
Dudé.
– Uhmmm… Sinceramente no lo sé. ¿La que suene en ese momento por la radio?
No dijo ni que sí ni que no, pero una incipiente sonrisa me alentó a seguir soñando.